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Sacerdotes de la Diócesis renovaron sus votos.
HOMILÍA MISA CRISMAL “EL EVANGELIO Y LA EUCARISTIA EN EL CORAZÓN DE MAGALLANES”
19-04-2019 - 09:27:24

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Iglesia Catedral, Miércoles, 17 de Abril de 2019


Estimados(a) hermanos(a):

Estamos reunidos esta tarde, como Pueblo de Dios que peregrina en Magallanes, para celebrar juntos esta Eucaristía, llamada también: Misa Crismal, donde bendeciremos los oleos que nos acompañaran durante este año, especialmente en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Unción de los Enfermos. Jesús quiere ser el aceite que da vida y fuerza al que inicia la vida cristiana y ser también alivio y esperanza hacia el que sufre. Por otra parte, deseamos acompañar a nuestros sacerdotes, que en la intimidad de la institución de la Eucaristía, renovaran sus promesas sacerdotales y su fidelidad vocacional. Así todos juntos, comenzaremos a vivir estos días de Misterio Pascual, en un clima que nos ayude a profundizar nuestra fe en Jesucristo que por nosotros padeció, murió y resucitó.

1.- El significado de esta celebración:

La liturgia de esta Misa Crismal, exalta la dignidad que todos los discípulos de Cristo hemos recibido en nuestro bautismo. En efecto, manifiesta claramente la belleza de todo el Pueblo de Dios, donde cada uno de nosotros vivimos la dignidad y la libertad de los hijos de Dios y en nuestros corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Somos el Pueblo Santo fiel de Dios, que estamos ungidos con la gracia del Espíritu Santo, por tanto, pueblo consagrado y pueblo sacerdotal, que manifestamos nuestra riqueza en la variedad de nuestros dones al servicio del plan de Dios.
Las lecturas que acabamos de proclamar y escuchar, nos hablan de la unción, signo visible del don invisible del Espíritu Santo. El Profeta Isaías nos explicaba el sentido de esa unción:
“El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para sanar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor”.
A estas palabras de Isaías se referirá el Señor Jesús en la sinagoga de Nazaret, al inicio de su misión. Ese día, como nos lo ha recordado el pasaje del evangelio, Jesús se levantó para leer la Palabra; encontró en el libro, el volumen del profeta Isaías. Lo desenrolló y leyó el pasaje donde estaban escritas las palabras que acabamos de escuchar. Jesús, acabada la lectura, enrolló el volumen y lo devolvió al ministro, diciendo: “Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír”.

Si la Eucaristía del Jueves Santo llamada: “in cena Domini” (la cena del Señor) y, subraya el misterio de la Eucaristía y la entrega del mandamiento nuevo del amor, la de hoy, llamada Misa Crismal, destaca el don del sacerdocio ministerial, querido por Jesús para su Iglesia e instituido en la noche santa del Jueves, antes de ser entregado. Los sacerdotes compartimos la unción de Jesús.

2.- Una palabra para nuestros sacerdotes:

Cada año, esta Misa Crismal es una invitación para volver a experimentar la gracia de Dios, su amor y su misericordia; es una invitación a renovar la conciencia de haber sido “elegidos por Dios” para servir a su Pueblo santo; es una invitación a decir “sí” como respuesta a su llamada. Cuando el Obispo pronunció nuestro nombre respondimos: “Aquí estoy, Señor para hacer tu voluntad”. De ahí en adelante hemos recorrido caminos diversos en su seguimiento. Con San Pablo nos atrevemos a decir: “No disminuye nuestro celo en el ministerio que, por misericordia de Dios, nos ha sido encomendado” (cf. 2Co 4, 1).

Deseamos ser fieles al llamado del Señor, vivir con coherencia nuestro sacerdocio de tal manera que el “celo por nuestro ministerio” no decaiga nunca, no pierda su fuerza original o lo que sería peor se nos enfriará. Sin embargo, hemos vivido estos últimos años el dolor y una pena insoportable a causa de los escándalos de los delitos sexuales causados por hermanos nuestros, que han destruido la vida de otros y han dañado nuestra vida eclesial. Este pecado, ha sostenido el Papa Francisco, nos desfigura el ministerio sacerdotal y nos humilla cuando constatamos que hermanos sacerdotes u obispos caemos en el abismo sin fondo del vicio, de la corrupción y del crimen.

Esto que nos ha correspondido vivir, es una “vergonzosa desnudez”. Es la experiencia espiritual de sentirnos desnudos ante Dios, aquello que experimentaron nuestros primeros padres al cometer del fruto prohibido. Sabemos que Dios conoce nuestra “vergonzosa desnudez”, a él debemos pedirle insistentemente que nos cubra con la vestimenta de su gracia, que guarde y mire misericordiosamente nuestra miseria, de tal manera que por su amor, podamos responderle en el servicio de reconciliar a nuestros hermanos con él, que por nuestra pequeñez podamos destruir a todos el alimento que les dará la Vida en plenitud, que por nuestras manos llegue a todos la caricia de la bondad infinita de Dios.

Como veíamos, los sacerdotes del clero, en el retiro anual, en Puerto Montt, no podemos quedarnos en la desolación, tenemos que enfrentar estos tiempos con la esperanza que nace de nuestro ministerio sacerdotal. En la carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, nos invita a que todos juntos enfrentemos la crisis que estamos viviendo, por ello cita su intervención en Maipú a los jóvenes: “la Santa Madre Iglesia hoy necesita del Pueblo fiel de Dios, necesita que nos interpele […] La Iglesia necesita que Ustedes saquen el carné de mayores de edad, espiritualmente mayores, y tengan el coraje de decirnos, “esto me gusta”, “este camino me parece que es el que hay que hacer”, “esto no va”… Que nos digan lo que sienten y piensan”. Esto es capaz de involucrarnos a todos en una Iglesia con aire sinodal que sabe poner a Jesús en el centro.

Necesitamos que nuestros laicos, tengan una participación activa dentro de nuestra Iglesia Diocesana, y nosotros los sacerdotes aprendamos a acoger, a escuchar, a consultar y discernir con ellos la voluntad de Dios. Ha dicho el Papa: “es imposible imaginar el futuro sin esta unción operante en cada uno de Ustedes que ciertamente reclama y exige renovadas formas de participación. Insto a todos los cristianos a no tener miedo de ser los protagonistas de la transformación que hoy se reclama y a impulsar y promover alternativas creativas en la búsqueda cotidiana de una Iglesia que quiere cada día poner lo importante en el centro. Invito a todos los organismos diocesanos ―sean del área que sean― a buscar consciente y lucidamente espacios de comunión y participación para que la Unción del Pueblo de Dios encuentre sus mediaciones concretas para manifestarse”.

3.- Estamos invitados a mirar juntos la celebración de los 500 años de la Primera Misa en Magallanes:

Nuestra celebración de los quinientos años, nos regala un precioso tiempo para profundizar el misterio de la Eucaristía, en sus dos dimensiones: la celebrativa que hace realmente presente a Cristo en el pan y el vino y al mismo tiempo nos invita a partirlo, repartirlo y compartirlo con los demás. Si Cristo se nos entrega como alimento para nuestra vida, nosotros debemos ayudar a que toda persona tenga el alimento necesario para vivir en la dignidad de hijo de Dios.

En la reciente Asamblea Pastoral, celebrada el sábado pasado, nos preguntábamos cómo hacer para que nadie se sienta excluido de la Mesa del Señor, pues nuestro mayor deseo es que el “Evangelio y la Eucaristía estén en el corazón de Magallanes”. Será un desafío que entre todos iremos enfrentando. Mientras tanto, estamos invitados a rezar al final de cada Eucaristía la “Oración 500 años primera Misa en Chile”. En ella rezamos: “La primavera de 1520 fue testigo de las primicias sacramentales de nuestra Iglesia, hasta el ñirre y el coirón se inclinaron reverentes ante tu presencia real y verdadera en la Hostia de la Eucaristía y los sacramentos de tu amor”.

Si hoy tenemos la Eucaristía y el misterio sacerdotal, lo debemos a la Virgen María, que nos ha regalado a su Hijo Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios, que ha querido perpetuar la última cena como signo de su presencia sacramental a lo largo de los siglos. A ella, dirigimos nuestra mirada para que bendiga y acompañe a cada uno de nuestros sacerdotes y les conceda la gracia que necesitan para el bien de toda la Iglesia.

Al Señor Jesucristo Único Sacerdote, sea el poder, la sabiduría y la gloria, por los Siglos de los Siglos. Amén.









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