P. Marcos Buvinic Martinic.

EL CAZADOR DE SOMBRAS

17-10-2019 - 14:01
Hace un par de años, mientras dictaba un curso de antropología socio-cultural en la universidad regional, pregunté a los alumnos qué sabían acerca de Martín Gusinde. Un largo silencio fue la respuesta, hasta que una joven dijo: “es el nombre de un hotel en Puerto Natales”; luego de un rato, otro alumno dijo: “así se llama el museo de Puerto Williams”. Lo que ocurría a esos jóvenes universitarios es lo mismo que ocurre con la mayoría de los habitantes de nuestra región: no tenían idea quién era Martín Gusinde.

Por otra parte, la mayoría de las personas de nuestra región conocen las figuras de cuerpos pintados propios de la cultura selknam, las cuales se han transformado en un ícono de la Patagonia a nivel mundial. Pues bien, esas imágenes de los cuerpos pintados de los selknam las conocemos gracias a las fotografías y relatos de Martin Gusinde, el único “blanco” a quienes los selknam hicieron participar de sus rituales de iniciación propios de la cultura de los primeros habitantes de Tierra del Fuego; con su máquina fotográfica los retrataba y ellos lo llamaron “el cazador de sombras”.

Mañana, viernes 18 de octubre se cumplen 50 años del fallecimiento, en Austria, del gran antropólogo Martín Gusiende, quien era comienzos del siglo XX, un sacerdote católico austríaco que enseñaba ciencias naturales en el Liceo Alemán de Santiago, el cual estaba a cargo de su congregación, los Misioneros del Verbo Divino. Su gran capacidad científica lo llevó a colaborar en el entonces naciente Museo de Etnología y Antropología, y desde allí fue encargado por el Museo y el Ministerio de Educación de realizar algunas expediciones que permitieran conocer y rescatar -lo que fuera posible- de la cultura de los primeros habitantes de Tierra del Fuego, que estaban al borde de la extinción.

De esta manera, Martín Gusinde vivió entre los selknam durante algo más de dos años y medio, entre 1918 y 1924, siendo acogido por ese pueblo –y también por los yámanas y los kaweshkar- como alguien que los respetaba en lo que ellos eran, que no pretendía amoldarlos a la cultura occidental, y por tanto era alguien con quien esos pueblos compartieron sus secretos. Hay un abismo entre el acercamiento de Martin Gusinde a ellos y el de los que los mataban, los explotaban o -aún con buenas intenciones- intentaban “civilizarlos” al modo occidental.

Así relataba Gusinde su convivencia con los selknam: “Todos los días y durante muchas horas, me sentaba en sus cabañas cupuliformes o acompañaba a los hombres en sus tareas, procuraba comprender sus trabajos y me hacía mostrar dócilmente todo cuanto traían en sus manos. Solícitamente me ayudaron en el aprendizaje de su lengua y se alegraron de mis progresos. Después de las primeras semanas, contaban como cosa hecha mi participación en sus diarias tertulias vespertinas y en la caza del ganso salvaje o del guanaco. Se habían acostumbrado -y yo también- a mi presencia en sus campamentos y no querían en absoluto prescindir de mí... Como yo me comportaba absolutamente en todo, como uno más, y veían que me agradaban sus costumbres y relatos, que me encontraba satisfecho con el asado de guanaco pobremente preparado y con el benéfico ardor de la lumbre en sus cabañas, que tomaba parte en sus trabajos y cacerías y que me hacía explicar todos los pormenores interesantes de las mismas, que me reía y bromeaba con ellos sin afección alguna, que sobre todo, sabía jugar alegremente con sus niños y les proporcioné un rápido remedio contra la tosferina de sus pequeños, me honraron con su confianza. Me fui reduciendo en mis necesidades de vestidos, cama y habitación, me daba por contento con la escasez de las familias aborígenes. Todas las cosas que me rodeaban me parecían magníficas. Igualmente me acomodé a la irregular división del día indio; pues dicho con otras palabras: ¡allí no existen horas!".

En 1926, Martin Gusinde dejó Chile y continuó una brillante carrera científica en las principales cátedras de antropología en Europa y Estados Unidos, dejando muchas publicaciones, siendo la principal de ellas los cuatro tomos de la obra “Die Feuerland Indianer” (“Los indígenas de Tierra del Fuego”), y siempre se consideró a sí mismo como “el último fueguino”

Desde entonces, la antropología ha evolucionado mucho como ciencia y en sus métodos, pero la figura de Martin Gusinde permanece como un hito que en su modo de acercamiento a las personas y en el respeto a su dignidad y su cultura, nos ha permitido conocer la trama profunda de la vida y cultura de los primeros habitantes de Tierra del Fuego, al tiempo que es un misionero del Verbo Divino que evangeliza hasta hoy con su estilo de relaciones respetuoso de la diversidad, de la dignidad y cultura de cada persona y de cada pueblo. En Magallanes -y en Chile- tenemos una gran deuda de gratitud hacia Martín Gusinde, la cual sigue pendiente.



17 de octubre de 2019