Marcos Buvinic Martinic.

NECESITAMOS BUENAS HISTORIAS

28-05-2020 - 14:03
En estos tiempos de cuarentenas y distancias sociales a las que nos ha sometido el Covid 19, ¡qué sería de nosotros sin celulares e internet, sin las redes sociales y las diversas plataformas de comunicación! Aunque son medios de comunicación de reciente aparición -sólo hace unas pocas décadas- hoy nos resulta muy difícil imaginar la vida sin estos medios y redes de comunicación.

Desde los orígenes del lenguaje y, luego, la invención de la escritura, los diversos medios de comunicación social son un signo maravilloso del genio creador del ser humano, son medios que hoy implican una tecnología asombrosa, pero que es frágil (“lo sentimos, se cayó el sistema”); también, como todo medio, son ambiguos porque dependen cómo se usen y para qué se usen. Esto todos lo hemos vivido de un modo especial en estos meses, porque el uso responsable de los medios permite la comunicación entre personas y familias, la información y la formación, el intercambio lúdico y el desarrollo laboral, el comercio y la reflexión, y una larga lista de otras cosas. Pero, también, su uso irresponsable y malicioso propaga noticias falsas que crean alarma, insulta a personas, incomunica con los que están cerca, corrompe lo bello y anestesia de la realidad.

Resulta que el Domingo recién pasado, fiesta de la Ascensión del Señor, en la liturgia católica se leyó el texto de la misión universal del anuncio del Evangelio: “vayan y hagan discípulos de todos los pueblos […], enséñenles a cumplir todo lo que Yo les he anunciado” (Mateo 28, 19-20), y como se trata de un anuncio universal es la “Jornada de las Comunicaciones Sociales”; el Papa Francisco ha publicado un mensaje de gran belleza, sencillez y profundidad. Es un texto breve, poco más de tres páginas, que les invito a leer en www.vatican.va. Un texto que le va encantar a cualquier persona que guste de “la narración”, de “los relatos” y “las buenas historias”.

Porque, como recuerda el Papa en su mensaje, el ser humano es un narrador de historias porque es un ser en relación y, desde la infancia tenemos hambre de historias (“cuéntame un cuento”). Las historias y narraciones que acogemos influyen en nuestra vida -aunque no seamos conscientes de ello-; los relatos nos enseñan, van dando forma a nuestras convicciones y actitudes, nos ayudan a entender y decir quiénes somos. Necesitamos respirar la verdad de buenas historias, de relatos que construyan -no que destruyan-, que nos ayuden a reencontrar nuestras raíces y nos den la fuerza para avanzar juntos: “en medio de la confusión de las voces y de los mensajes que nos rodean, necesitamos una narración humana, que nos hable de nosotros y de la belleza que poseemos. Una narración que sepa mirar al mundo y a los acontecimientos con ternura; que cuente que somos parte de un tejido vivo; que revele el entretejido de los hilos con los que estamos unidos unos con otros”

El maravilloso servicio de los medios de comunicación y de las redes sociales también nos pone ante el hecho de que no todas las historias son buenas, que hoy la falsificación llega a tener niveles muy sofisticados, y que las historias utilizadas con fines instrumentales o de poder tienen una vida breve, pero las buenas historias trascienden los límites del tiempo y del espacio, pensemos -por ejemplo- en las parábolas de Jesús, o en obras literarias como “El Principito”, “El diario de Ana Frank”, o “Los hermanos Karamazov”, y tantas otras historias que han sabido leer el alma humana y sacar a la luz su belleza, aunque narren miserias humanas. Al narrar una buena historia se transmiten valores, conocimientos y virtudes, se crea una emoción positiva que mueve a acciones positivas. Por eso, necesitamos sabiduría para recibir y crear relatos bellos, verdaderos y buenos, y valor para rechazar los falsos y malvados. Siempre necesitamos relatos que saquen a luz la verdad de lo que somos, y -dice el Papa- “la heroicidad ignorada de la vida cotidiana”.

Para los cristianos, la Biblia es una historia de muchos relatos; es la historia del amor de Dios por el ser humano y la respuesta del hombre a Dios, una historia que comunica sentido a todo lo que acontece. La experiencia de Dios se comunica narrando, de generación en generación, el modo en que Dios sigue haciéndose presente: el Dios de la vida se comunica narrando la vida, así hablaba el Señor Jesús y eso son las narraciones de los evangelios. Y desde que Dios se hizo historia, toda historia humana es, de alguna manera, una historia divina; al tiempo que la oración es contarle a Dios nuestra historia y entrar en su mirada de amor compasivo hacia nosotros y hacia los demás.

Por eso, siempre y particularmente en el tiempo que vivimos, tiempo de pandemia y de uso masivo las redes sociales “la humanidad se merece relatos que estén a su altura, a esa altura vertiginosa y fascinante a la que Jesús la elevó”, dice Francisco, y eso depende -también- del modo en que cada uno usa las redes sociales.

28 de mayo de 2020