Marcos Buvinic Martinic.

CUANDO LOS TIEMPOS SE ALARGAN

02-07-2020 - 14:01
Cuando los tiempos se alargan todo se complica y la impaciencia nos corroe el alma y nos desgasta la esperanza; se nos despierta la añoranza de un pasado que tiene todos los rasgos de lo que nos parece deseable, nos quedamos mirando para atrás y empiezan los diversos trastornos del ánimos y ansiedad, como estrés, fastidio, cansancio, depresión, irritación.

El fin de la gran tragedia colectiva que es el coronavirus se ve lejano y los plazos se alargan en la incertidumbre de su final. Con el Covid 19 hay metas -encontrar la terapia adecuada o la vacuna que inmunice- pero para eso no hay plazos. Entonces, lo que a comienzos de este año parecía un período breve de cuidados y cautelas, una transición rápida o un sacrificio fugaz, se va volviendo -de día en día- en una cotidianidad que se alarga sin plazos.

¿Qué hacer?, ¿cómo conservar el buen juicio y el justo actuar?, ¿cómo hacer para no dejarse ganar por la impaciencia o la añoranza que empujan a la desesperación, a la búsqueda de egoístas soluciones individuales, a la idealización del pasado o a la indolencia insolidaria?

Una situación parecida vivió el pueblo de Israel luego que salieron de Egipto y comenzaron su marcha por el desierto hacia la tierra prometida. Nos cuenta la Biblia que al alargarse el tiempo de la travesía del desierto, muchos se fueron dejando ganar por la añoranza del pan de la esclavitud y de las cebollas de Egipto. La respuesta que Dios les dio a través de Moisés fue el llamado a vivir como signo de algo nuevo, tenían que ir constituyéndose como un pueblo que practicaba la solidaridad y la justicia, un pueblo que había sido liberado de la esclavitud para aprender a vivir en la dignidad libre de los hijos de Dios. Es decir, en medio de la tribulación del desierto, tenían que comenzar a vivir lo nuevo.

Los tiempos que ahora se alargan -para muchos- han sido como un colirio que les ha ido limpiando los ojos para ver con más claridad que un parte importante del problema estaba en el pasado que comienzan a añorar como la normalidad deseable. Pareciera que hay personas que han comenzado a ver a los que han sido empobrecidos, marginados y, luego, excluidos. Así se les han abierto los ojos al racismo, a la violencia, a la depredación y contaminación del medio ambiente, al machismo, a la superficialidad del consumismo y la idolatría de las cosas, a la corrupción de todas las instituciones y la impunidad para los poderosos y, de esta manera, ir comprendiendo los mecanismos perversos que producen personas y países cada vez más pobres, y personas y países cada vez más ricos. Seguramente, esa es una “normalidad” a la que la mayoría de las personas no quieren volver.

La travesía del pueblo de Israel por el desierto nos hace presente que siempre es un tiempo bueno para lo nuevo; aunque parezca que los tiempos están sobrecargados hasta el inmovilismo y añejos para dar a luz lo nuevo, siempre es posible vivir la novedad de sentirnos parte integrante del medio ambiente, para escuchar y sentir a la Madre Tierra en una fecunda alianza entre humanidad y ambiente; siempre es posible movilizar las actitudes de una conversión personal, eclesial y social: el respeto, la solidaridad, la inclusión; nunca es tarde para incubar la esperanza e ir dando a luz un nuevo modo de vida personal, eclesial y social, como dice Pedro Casaldáliga, el obispo poeta y profeta de la Amazonía: “es tarde, pero es nuestra hora; es tarde, pero somos nosotros esta hora tardía; es tarde, pero es madrugada si insistimos un poco”.

Por eso, este tiempo en que los plazos se alargan sigue siendo un tiempo de oportunidades propicias y no sólo una gran tragedia, un “kairós” -como lo llama la tradición bíblica- que significa un éxodo personal, eclesial y social en nuestro modo de entendernos, de sentirnos, de convivir y de organizarnos. Eso es un cambio radical, es decir un cambio en las raíces de nuestro ser; eso es lo que el Señor Jesús llamaba “conversión”, y sin la cual los tiempos que se alargan se vuelven insoportables.




2 de julio de 2020