Cartas al director.

¿PARA QUIÉN RESERVAMOS EL NOMBRE DE LA COSTANERA DEL ESTRECHO?

02-08-2020 - 13:32
Ha sido muy común en Punta Arenas cambiar el nombre de las calles. Los nombres iniciales de las provincias de Chile, con las que se bautizaron en el siglo XIX, fueron poco a poco cambiados por los nombres de figuras “insignes”, a veces solo del momento. Lo mismo ha sucedido con las avenidas.

Sin embargo, hay una serie de pasajes que tienen el nombre de una calle muy próxima o a partir de la cual se inician, como son los pasajes Balmaceda, Quillota o Caupolicán, por nombrar algunos.

Algunas calles han llegado a tener tres nombres (Progreso, Yugoslavia, Croacia), mientras otras tienen unos nombres que poco dicen o lo que dicen es muy obvio. Como por ejemplo, la Costanera del Estrecho. ¡Qué duda cabe de que se trata de una costanera a orillas del estrecho de Magallanes!

¿Para quién reservamos el nombre de esta importante vía de comunicación de nuestra ciudad? ¿Cuándo los “bautizadores” de pasajes, calles y avenidas (y creo que es la Ilustre Municipalidad de Punta Arenas) tendrán el tiempo y la disposición para ponerle nombre a la tan obvia costanera del Estrecho? Hoy en día, salvo que se haga de la forma más democrática posible, casi en forma plebiscitaria, realmente hay que tener audacia para bautizar estas vías, porque en los tiempos que corren todo es objeto de revisión.

Sin embargo y en contraste con estas arterias comunales “innombradas”, hay una señora a la que le debemos tanto, como magallánicos y como chilenos, a la que no le hemos dedicado sino un mísero, sí un mísero busto, allí en avenida Colón. No hay una calle, avenida, paseo o población de significación que lleve su nombre (solo existe una corta calle, de 400 metros de longitud, desde calle Zenteno al oriente hasta Justo de la Rivera), pese a que ella, en cambio, llevó el nombre de nuestro país, en la década de 1940, a lo más alto de las letras en el mundo.

Muchos deben creer que tan solo se dedicó a escribir poemas a los niños de su patria, a crear pequeñas historias, a contarles a los mayores de todo el país sobre los pobres piececitos azulosos de frío de estos niños. Pero, ella fue una adelantada a su época. Planteó problemáticas sociales que después de cien años siguen vigentes. No solo recitó y contó las historias que vio, sino que escarbó más profundamente y desveló los motivos por los cuales esos piececitos estaban azulados. Tal vez, ese fue su pecado, la razón por la que muchos prefirieron tenerla lejos, en el extranjero.
Quiero creer que ése no es el caso de los magallánicos. Prefiero creer que ignorancia, desprolijidad y hasta cierto punto mero machismo llevó a quienes han bautizado nuestras vías públicas a omitir su nombre. El nombre de la maestra que provocó, hace cien años, en su corta estadía en Magallanes, un vuelco en la sociedad magallánica, quien dio aulas no solo a las niñas de su Liceo, sino también en horas vespertinas a los padres y madres de esas mismas niñas, allí en la Sociedad de Instrucción Popular.

¡Qué coincidencia! ¡Una avenida esperando bautizo y una hermosa, valiente y brillante mujer de nuestro norte chico esperando ser madrina de tal avenida!
Marco Antonio Barticevic Sapunar