Marcos Buvinic Martinic.

EN EL LUGAR DE LOS MAPUCHE

13-08-2020 - 14:04
A propósito del tema que traté aquí, la semana pasada, acerca de la maravillosa actitud de ponerse en el lugar de otros y que llamamos compasión, un buen amigo médico me hizo llegar un comentario donde señala que “es más fácil ponerse en el lugar de un enfermo, porque todos podemos enfermar, que ponerse en el lugar del mapuche”.

Pienso que mi amigo tiene toda la razón, y allí es donde estriba una de las raíces del histórico conflicto no resuelto de la Araucanía, el cual, en medio de la crisis de la pandemia, sigue escalando sus expresiones violentas hasta niveles que parecen anunciar cada vez más destrucción, sufrimiento y muerte.

Porque, digamos las cosas como son, en Chile ¿quién se pone en el lugar de los mapuche? Más bien, para un buen grupo de chilenos sólo son “indios” que resultan incomprensibles no sólo en su idioma, sino en su forma de vida, en sus costumbres y tradiciones, también incomprensibles -y por eso inaceptables- en sus reclamaciones y demandas.

¿Quién se pone, de verdad, en el lugar de los mapuche? Para los políticos y los gobiernos de turno el tema es como una papa caliente, que se tiran unos a otros y buscan chutear para adelante. Así llevamos siglos, y para muchos el asunto ya estaba resuelto con la llamada “pacificación de la Araucanía” (¿no será “ocupación de la Araucanía’?), concluida en 1883 cuando el ejército que regresó de la Guerra del Pacífico entró a sangre y fuego en el Wallmapu y las tierras se entregaron a colonos, mientras los mapuche quedaban en las “reducciones”. Así es como por generaciones se nos enseñó ese tramo de la historia de Chile, mientras los mapuche vivían reducidos en tierras y reducidos culturalmente.

De esta manera, por lo menos mi generación creció con la información oficial de que en Chile casi no había “indios”, como en otros países latinoamericanos, que acá los pocos que había estaban integrados en la sociedad chilena, y que sólo un porcentaje muy pequeño vivía en “reducciones”; por otro lado, como signo de la asimilación de los mapuche, en Santiago se señalaba el hecho que la mayoría de ellos trabajaba en la construcción y en las panaderías (¡ironía de la historia: los principales industriales panaderos eran españoles!), y la mayoría de ellas eran empleadas domésticas, así se les llamaba a las trabajadoras de casa particulares. Claro, con ese bagaje de información que todavía es el que ocupa la mente de muchos chilenos, ¿quién se pone en el lugar de los mapuche?

Poco a poco la realidad ha ido abriéndose camino en la ceguera mental de muchos chilenos, y nuestra sociedad se ha ido dando cuenta que los miembros de pueblos originarios son el 12,8% de la población del país. Según el censo de 2017 eso significa más de dos millones de personas, de los cuales los mapuche son casi 1.800.000. Poco a poco nuestra sociedad ha ido apreciando el valor de la diversidad cultural, aunque todavía faltan enormes pasos por dar y superar el recurrente desprecio socio-racial a los “indios”. Poco a poco, la sociedad chilena parece darse cuenta que ya no sirve que cada gobierno establezca una nueva comisión de estudio o de diálogo sobre “el problema” de la Araucanía y que saque propuestas para un nuevo “Plan Araucanía”, que queda en el papel; sino que se trata de avanzar hacia el pleno reconocimiento de los derechos del pueblo mapuche, según la legislación chilena y los convenios internacionales que ha suscrito el estado chileno.

El hecho de que la Araucanía sea la región más pobre de Chile es un signo elocuente que ni el estado, ni los partidos políticos, ni el conjunto de la sociedad chilena se han puesto en el lugar de los mapuche.

¿Ha oído hablar usted del Convenio 169 de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) sobre Pueblos Indígenas y Tribales? Es un convenio suscrito y ratificado por el estado de Chile en 2008, que hace parte de nuestras leyes. Pues resulta que buena parte de las demandas actuales del pueblo mapuche se apoyan en ese convenio y, por tanto, en las leyes chilenas. Aprovecho de sugerir, cuando se les junte el tiempo con las ganas, la lectura de dicho convenio -accesible por internet- para que sepamos cuáles son los derechos del pueblo mapuche y los deberes que el estado chileno tiene con ellos.

Entonces, parece que se trata de ir haciendo el aprendizaje de ponerse en el lugar de los mapuche, y para esto es imprescindible -como lo acaban de plantear los Obispos de Chile- en su “Apremiante llamado al diálogo en la Araucanía” que “El país requiere, sobre todo, un proceso de verdadera «reconversión» que le permita emigrar hacia una auténtica interculturalidad, donde cada persona pueda vivir libre y plenamente su propia identidad, convicciones y cosmovisiones, sin otro límite que el bien común. […] Sólo así se podrá construir una institucionalidad que trate a todos los ciudadanos con dignidad, igualdad y justicia”, antes que la violencia se apodere de más mentes y corazones.




13 de agosto de 2020