“Nunca he matado un elefante, a pesar de que ciertamente lo he intentado. Nunca he tenido a tiro uno cuyos trofeos valieran la pena de cometer ese crimen. No, no crimen, pecado”: John Houston, A libro abierto, Autobiografía.
Maisha na tembo, en swahilli “Salud a los elefantes”. Se ha hablado mucho de elefantes últimamente. Sobre las motivaciones económicas, éticas y hasta estéticas de la caza de estos animales tranquilos. Se argumenta que las cacerías, allí donde están autorizadas, generan recursos para la conservación de la especie, o que sirven para frenar el impacto sobre la vegetación de estos gigantescos devoradores de árboles.
Pero todas estas razones no tienen en cuenta quiénes son en realidad los elefantes. Abatir un elefante no es sólo eliminar un individuo. Las manadas de elefantes, las familias, mejor dicho, están unidas por vínculos tan estrechos que la muerte violenta de uno de ellos supone un corte traumático que afecta emocionalmente a todo el grupo.
En estos casos mejor que opinar uno es darle la palabra a los que saben. Lo que sigue es un relato sobre la capacidad de comunicación, la socialización y las consecuencias de la muerte de elefantes, combinando para ello los textos de tres autores: Peter Matthiessen, el observador más humanista de la fauna salvaje; Cynthia Moss, que ha pasado tres décadas estudiando elefantes en su medio natural, y mi amigo Fernando González Iglesias, autor de la página del cuaderno de campo que ilustra esta entrega y que ha filmado a los elefantes en numerosas ocasiones.
Mattiessen:
“En realidad, los misterios del elefante se están descubriendo. Ahora se sabe que este animal puede emitir señales de baja frecuencia y otros mensajes colosales a través de kilómetros de desierto, y cada vez parece más evidente que comprende la muerte, algo que hasta ahora se creía exclusivo de nuestra especie”.
Moss:
“El descubrimiento del empleo del infrasonido por parte de los elefantes resultaba fascinante por sí mismo, pero abría también una amplia serie de nuevas interpretaciones de su conducta (...). Como es sabido, los sonidos de baja frecuencia viajan a través de grandes distancias y se ven menos afectados por los árboles y los arbustos que los sonidos de alta frecuencia. Teóricamente, alguno de los sonidos que se han grabado en Amboseli (hasta 115 decibelios) pueden alcanzar los 10 km, lo cual explica la coordinación de movimientos y de conducta por grupos separados de elefantes. Las llamadas de contacto y las respuestas no hay duda de que ayudan a los elefantes dentro de las familias y los grupos enlazados a encontrarse mutuamente. Estas y otras vocalizaciones pueden también permitir a los elefantes evitarse unos a otros”.
"(...). En su último año en el santuario, los 80 elefantes de Garth desaparecieron el mismo día en que empezaron a diezmar a otros elefantes en el parque situado a 160 km de distancia. Varios días después los encontró reunidos en el lado opuesto de la reserva, tan lejos de las fronteras del parque como pudieron llegar. De alguna manera, el mensaje de peligro y de muerte les había alcanzado a través de kilómetros y kilómetros”.
González Iglesias:
“Cuando un hombre dispara contra un elefante dispara contra toda la manada. Las matriarcas relacionan al hombre y su olor con los disparos y el grupo entero corre el riesgo de volverse agresivo con los seres humanos. Por esta razón, la caza controlada para el control de sus poblaciones en parques y reservas no puede hacerse de forma selectiva. Si se dispara a uno hay que acabar con la familia, con el grupo social entero. Y semejante barbarie se ha hecho en aras de la conservación”.
Moss:
“Matar los elefantes parece la solución más simple y más directa, pero sólo para la gente que no han observado individuos de más de 14 años; que no han visto elefantes saludarse unos a otros con berridos de alegría; que no han visto a elefantes adultos, junto a las crías, correr y jugar por una zona arcillosa y abierta a la luz de la luna; que no han visto elefantes tratar de alzar y sujetar a un compañero herido; que no han visto a una hembra quedarse al lado de su bebe muerto durante cuatro días; o que no han visto a una cría de siete años acariciar y frotarse y olisquear la mandíbula de su madre muerta”.
Matthiessen:
“Hay un misterio tras ese rostro gris enmascarado, y una fuerza vital y antigua, delicada y fuerte, impresionante y prodigiosa, que impone el silencio reservado comúnmente a las cumbres de las montañas, los grandes incendios y el mar”.
Toda la información sobre el lenguaje y la socialización de los elefantes en www.elephantvoices.org.
(Por Carlos de Hita, publicado en elmundo.es)
Que poca conciencia tenemos de los elefantes. Con orgullo he dicho por años que el teclado de mi piano es de marfil, que el teclado del piano stenway que pertenecía a la bis abuela y que fue el primero que llegó a Punta Arenas era de marfil. Lo hecho, hecho está, las nuevas generaciones deberán saber que nuestro piano stenway que tocaron los hijos, los sobrinos, los alumnos, los tíos, la abuela y la bis abuela, son de teclado de marfil y no es ningún orgullo que así sea. No me gustaría volver a poner un aviso que diga: Se vende piano Alemán o Sueco, clavijero de Bronce y teclado de marfil... por muchas melodías hermosas que se hayan arrancado del piano... no es que piense que haya que tirar el piano, es que no hay que comprar un piano nuevo con teclado de marfil desde ahora en adelante ¿Cómo no lo había pensado antes?¿cuántos años debo tener para pensar en forma sensata con los animales, con las plantas y con nosotros mismos?¿tengo que dejárselo a las siguientes generaciones?. Definitivamente NO, no debemos dejar un grave error para que las siguientes generaciones lo resuelvan, es ahora que estamos vivos.
Valorar: 4
0