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julio 17, 2011
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EL METRO CRECE, LAS REGIONES TIEMBLAN

Joaquín García-Huidobro – El Mercurio.

La noticia más importante de la semana no es el debate sobre los cambios ministeriales. Se trata, más bien, de una noticia buena para Santiago y mala para el país: el Metro vuelve a expandirse.
Entre los aplausos de todos se informa que se destinarán US$ 2.758 millones a financiar dos nuevas líneas y otros 406 millones a mejorar las actuales. De nada sirve que los estudiosos señalen que Santiago no debe tener nuevas líneas de Metro, sino un transporte racional de superficie. La racionalidad no parece ser un valor en alza, tampoco el bien común. «El Metro es magnífico, pero muy caro para un país con tantas necesidades como Chile», dice un especialista. «Es como si todos quisiéramos andar en Mercedes. Con 1/10 del costo podríamos tener corredores de buses de nivel internacional».
El Metro se expande, siguiendo un programa diseñado en los dos gobiernos anteriores. Lo hace con el beneplácito de los dirigentes del PC y de la UDI, de RN y el PPD, de socialistas y liberales, de todos nuestros líderes santiaguinos. No se les ocurre pensar que, además de mejorar el Transantiago, con esas sumas millonarias podríamos reconstruir Tocopilla, que espera una solución desde 2007; levantar Arica o habilitar nuevos hospitales a lo largo del país. Pero ¿qué importan los chilenos de regiones ante la posibilidad de tener vagones con aire acondicionado? Ellos no deciden nada. Ellos no existen. Solo importa que los pasajeros santiaguinos pasemos de las apreturas y calores actuales a viajar no de modo razonable, sino a nivel europeo.
¿Por qué sucede todo esto? ¿Por qué el bien de Chile se hace coincidir con el bienestar de los santiaguinos? Por una simple cuestión demográfica que influye en la política. En efecto, los fundadores de la democracia moderna idearon un magnífico sistema destinado a que gobiernen las mayorías. Para evitar abusos tomaron una serie de precauciones; entre otras, el reconocimiento de ciertos derechos que son intocables, aunque a la mayoría no le guste. El problema es que, en todo su análisis, estos autores siempre partieron de la base de una distribución relativamente homogénea de la población. Locke, Kant, Tocqueville o Montesquieu escribieron en un mundo donde la mayoría de la población habitaba en el campo, y las ciudades eran pequeñas. La población de Londres en 1776 no era mayor de 130.000 personas, 24.000 la de Buenos Aires y 200.000 la de Madrid.
Esos filósofos imaginaron que los derechos de las minorías se podían lesionar con prisión, tortura y cosas por el estilo. No pensaron que la acumulación demográfica llevaría a lesionar a las minorías de una manera mucho más sutil: las platas se van hacia donde están los votos. Y los votos están en Santiago, no en Huara. Por tanto, podemos olvidarnos de las regiones sin violar ninguno de los derechos constitucionales.
Este escaso peso político de las regiones se traduce en una deficiente asignación de los recursos en temas como la educación, las comunicaciones o la salud, que, a su vez, repercute en una disminución de la capacidad de esos ciudadanos para influir en los destinos de la sociedad de que se trate.
La señal, entonces, es clara: si quiere hacer algo en la vida, véngase a Santiago. «Hay que apoyar las universidades estatales», se dice. ¿Y en qué se piensa? No precisamente en la Universidad de Magallanes. Los patagónicos deben venirse a Santiago.
Pero no solo se trata de que Santiago se lleve recursos que no le pertenecen, sino que desde Santiago se toman decisiones que dañan gravemente a las regiones. Solo una casualidad frustró hace unos días la idea de transformar el borde costero de Valparaíso en lugar para almacenar montones de contenedores. ¿A nadie en Santiago se le ocurrió que los porteños querrían ver el mar? Que compren unas postales, que jamás están nubladas.
Las autoridades han dado algunas señales muy positivas, que muestran su disposición de preocuparse por grupos de chilenos de escaso peso político, como los alumnos de la educación técnica. ¿No podrían dar otro paso en esa dirección y revertir una medida manifiestamente centralista? Sí, por supuesto, siempre que los habitantes de Santiago pensemos en el bien común, que recordemos que Chile se extiende desde Arica a la Antártica. Aunque duela.

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