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abril 22, 2010
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ESTACIÓN VIII – LAS MUJERES DE JERUSALÉN LLORAN POR JESÚS

Vía Crucis.

Mujeres descuidadas, oíd mi voz; mujeres confiadas, escuchad mis palabras. Dentro de un año y unos días habréis de temblar, ¡oh confiadas!, porque no habrá vendimias ni cosechas. (Is 22,9-10.)
Por eso, pues, ahora, dice el Señor, convertios a mí de todo corazón, en ayuno, en llanto, y en gemido. (Jl 2,12.)
…¿No es de la voluntad del Altísimo de donde proceden los males y los bienes? ¿Por qué, pues, ha de lamentarse el viviente? Laméntese más bien cada uno de sus pecados… (Lam 3,38-39.)
Despierta, despierta, levántate, Jerusalén, tú que has bebido de la mano del Señor el cáliz de su ira; tú que has apurado hasta las heces el cáliz que aturde. (Is 51,17.)
Así dice el Señor: cese tu voz de gemir, tus ojos de llorar. Tendrán remedio tus penas. (Jer 31,16.)
Vuelto a ellas Jesús, dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí: llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos, porque veréis llegar días en que diréis: «Felices las estériles y las entrañas que no tuvieron hijos, los pechos que no criaron». Entonces se empezará a decir a las montañas: «Caed sobre nosotros», y a los cerros: «Cubridnos», porque si con el tronco verde han hecho esto, ¿qué ocurrida con el seco? (Lc 33,28-32.)
Yo soy la verdadera vid y mi padre el viñador. Todo sarmiento en mí que no dé fruto, lo quitará, y todo el que dé fruto lo limpiará, para que dé más fruto. Vosotros habéis sido limpiados por la palabra que os he dicho: Quedaos en mí y yo en vosotros. Y como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no sigue en la vid, así tampoco vosotros si no os quedáis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. (Jn 15,1-5.)
El espíritu del Señor descansa sobre mí, pues Él me ha ungido. Y me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos, y sanar a los de quebrantado corazón; para anunciar la libertad a los cautivos y la liberación a los encarcelados. Para publicar el año de la remisión de Yahvé y el día de la venganza de nuestro Dios. (Is 61,1-2.)

Ni siquiera en su triste estado deja Jesús de preocuparse por los demás. Comprende el gesto compasivo de aquellas mujeres, pero le horroriza el destino sufriente del pueblo de Israel, tal como luego ha mostrado la historia. A los pocos años de su muerte, el Templo será destruido y la ciudad pasada a cuchillo. Un éxodo continuo, persecución, destierro. Más adelante, el holocausto. Como cristianos jamás debiéramos participar en un enfrentamiento religioso o étnico. Al revés, conviene sumarnos a la petición de perdón que el Papa ha propuesto a toda la Iglesia.

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