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octubre 3, 2018
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JUAN MIHOVILOVICH: UN TRIBUTO A LA LITERATURA FANTÁSTICA DE CHILE

Presenta libro a nivel nacional.

El 13 de septiembre el escritor magallánico Juan Mihovilovich presentó en el Museo Regional su último libro, esta vez de cuentos, titulado “Bucear en su alma”.
La Semana pasada en el Centro Cultural Gabriela Mistral de Santiago se realizó el lanzamiento para todo el país. El libro fue presentado por Gabriela Aguilera V., antropóloga de la Universidad de Chile y diplomada en Estudios Mexicanos por la UNAM.

A continuación reproducimos su intervención de presentación publicada el día 2 de octubre en “Cine y Literatura”, el primer diario digital de crítica cultural en Sudamérica:

El nuevo libro de Juan Mihovilovich, publicado por Simplemente Editores, reúne cuarenta textos, entre los que hay cuentos, cuentos breves y microrrelatos, que mayoritariamente pertenecen al género fantástico.

El género fantástico, tal como se desprende del uso del término, acoge en su definición a aquellos textos literarios en los que el elemento central es la fantasía, hechos sobrenaturales, mágicos, extraños. Inexplicables por la vía de un razonamiento lógico del tipo cartesiano o la comprobación empírica. A partir de ahí, pueden derivar en el terror, la ciencia ficción, el gótico, e incluso, llegar a adscribirse en el thriller psicológico.

En ese espacio narrativo, la racionalidad tiene poca cabida, lo que no significa que los textos carezcan de lógica interna, una de las condiciones esenciales para lograr un buen cuento.

Los seres humanos necesitamos saber que existe cierta regularidad en nuestro entorno, cierta relación determinada y durable de orden y tiempo. La Gestalt nos lleva a configurar el mundo en cuadros sucesivos para sobrevivir y manejar la ansiedad que provoca el no saber o no poder anticipar. Pues bien, de pronto, algo ocurre en medio de esa exactitud bella en que A sigue B y B a C, tal como la alternancia de baldosas blancas y negras. Algo sorpresivo y sorprendente (algunos hablan de un pliegue en el tiempo o un espacio en un espacio), que trastoca la realidad como la conocemos o como suponemos que es. La realidad deja de ser eso que vemos y creemos, para ser otra cosa, a veces indefinible. En ese punto nos quedamos sin asidero para explicarnos aquello en lo que aparentemente estamos insertos, viviendo… o tal vez no.

El relato fantástico se basa en la alteración del orden esperable, previsible, y por tanto, transgrede a la seguridad emocional y racional que cualquiera necesita y reproduce. Nos desestabiliza, por un momento nos hace trastabillar, tratar de afirmarnos en algún conocimiento, alguna pista previa, una saliente de la lógica para poder seguir adelante. Es un pequeño terremoto que puede durar segundos o la vida entera. Hay relatos fantásticos que se quedan para siempre en nuestro interior como una espinita clavada. Quien haya leído “El Almohadón de plumas”, de Horacio Quiroga, seguramente ha revisado con inquietud (aunque sea a la rápida y luchando contra ese miedo y esas certezas), el cojín o la almohada en la que va a recostar la cabeza. Ese texto magnífico de un escritor que supo apelar a un miedo ancestral (el miedo a la bestia que nos engulle), se quedó en nuestros recuerdos y se reedita constantemente.
La sorpresa, el temor, la inquietud, pueden anteceder al horror. La pesadilla de bajar por una escalera que no termina y está suspendida sobre un abismo inmensurable, la desaparición inexplicable de un objeto o una persona, los sonidos de la oscuridad, el acecho allá afuera de algo que no sabemos qué es (pensamos en criaturas, no en personas), son cuestiones que a todos nos han sucedido.
Cortázar es uno de los grandes cultores del género fantástico en América Latina, sin desmerecer a otros escritores. Partiendo de un hecho cotidiano, común, práctico a veces, pequeño o insignificante, Cortázar saltaba a un espacio perfectamente posible en sus textos, un espacio intermedio entre la realidad y el sueño, amplio, una puerta abierta al horror o el horror mismo, en el que el simple acto de ponerse un suéter, puede ser fatal para quien lo ejecuta.
América Latina vive lo fantástico (lo real maravilloso, el neo gótico, la ciencia ficción, etcétera), en un torbellino que puede ser simultáneo, fractal y caleidoscópico. Y los hechos que demuestran la premisa están a la vista, es cosa de aguzar el ojo y quitarle la etiqueta de normalidad a eventos que no lo son en absoluto.
En algunos relatos fantásticos la historia se resuelve con una explicación científica. También puede resolverse con una explicación práctica, obvia, pero que no había sido vista. Sin embargo, la mayoría de los relatos fantásticos terminan sin dejar al lector una vía de escape y cada uno verá cómo responde sus propias interrogantes.
Este es el marco literario del libro de Juan Mihovilovich, con un elemento esencial que unifica estos textos más allá incluso de su adscripción al género fantástico: el agua. Esencial para la vida, símbolo de abundancia, de la existencia sagrada de los dioses que la regalan o la quitan a los seres humanos, con el agua vienen las semillas y alimentos que aseguran la supervivencia.
Los pueblos originarios de distintas partes del mundo se ubicaron geográficamente en lugares cercanos al agua y le confirieron, además, la carga cultural simbólica de la fecundidad. Por tanto, tiene un sello femenino: la capacidad y el poder de transformar al mundo. Los ritos y mitos ancestrales del inicio de la vida y su continuación, siempre están marcados por el agua. Allí también habitan criaturas sobrenaturales, amigas o enemigas de los seres humanos, que conviven en tiempos y espacios paralelos y pueden pasar, eventualmente, de un lado al otro.
Entre los 40 textos hay una variedad temática interesante. Irónicos y sarcásticos, como el del pueblo que espera la llegada del oculista o uno titulado “Hombre de buena voluntad”, en el que queda de manifiesto que el encubrimiento de unos también es el desenmascaramiento de otros. “Las cosas ocultas se hacen bien, o simplemente no se hacen”. También hay algunos góticos, como “El templo”, “Alguien vive al otro lado” o “Casa Nueva”. En este último, una persona se queda aparentemente atrapada en un altillo viendo la felicidad de los otros, lo que trae a la memoria la película imperdible dirigida por Alejandro Amenábar, con el uso de la técnica del juego de espejos. Hay otros que tocan lo político, la ingenuidad, la infancia, la belleza, la risa, la justicia, las relaciones de pareja. Seguramente cada lector tendrá su preferencia.
Quiero referirme brevemente al cuento que abre el libro y le da nombre. El autor plantea, entre múltiples interrogantes con y sin signo, una posibilidad que yo, al menos, jamás había considerado: que los niños con síndrome de Down provienen de un medio acuático y crecen en él. Un cuento bellamente escrito, cariñosamente escrito. Luego de leer este cuento, la mirada cambia y el lector puede ver en la realidad elementos inquietantes que lo pondrán ante la posibilidad de que lo planteado sea cierto. Ricky, el protagonista, se desplazaba en el agua con la seguridad y elegancia de un delfín. El narrador nos cuenta, testigo asombrado y pertinaz, que luego de contemplar a Ricky en el agua, no podía imaginarlo desplazándose por tierra. Este texto, sensible y fino, tanto en el uso del lenguaje como en la perspectiva respetuosa, nos pone ante una realidad posible a la que podemos acceder simplemente dejándonos caer en los “intensos ojos azules” de Ricky y de todos los Rickys con los que podemos encontrarnos. Sin duda, un cuento de factura impecable que también nos enfrenta con nuestros prejuicios, nuestra mirada de sociedad discriminadora y nuestro miedo al Otro.
Finalmente, y como bonus track, los cuentos fantásticos les gustan a los jóvenes, hoy día tan alejados de la lectura. No por responsabilidad de ellos, obviamente, sino por la de un sistema sociocultural que olvidó que la lectura provoca placer y puso el acento en la obligación y la nota.

Esperemos que este libro llegue, sin obstáculos administrativos ni monetarios, a las bibliotecas públicas de Chile.

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