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noviembre 1, 2014
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RELATO SOBRE UN VIAJE A LOS MARES DEL SUR EN LOS AÑOS 1740 Y 1741

Preparando la celebración de los 500 años del descubrimiento del Estrecho de Magallanes.

Los oficiales británicos John Bulkeley y John Cummins escribieron un diario de viaje sobre el naufragio de la fragata HMS Wager.

«Publicar viajes es una cosa muy útil, especialmente cuando los navegantes se han encontrado con eventos extraordinarios», escriben en el diario, en el que también cuentan las peripecias de los sobrevivientes tratando de cruzar el estrecho de Magallanes y las desventuras vividas durante una de las más importantes odiseas navales del siglo XVIII.

A partir de la primera edición impresa en Londres por Jacob Robinson en 1743, Eudeba publica en castellano una versión fidedigna que conserva el estilo llano del original, con el añadido de algunas notas al pie, breves, para aclarar algunos puntos.

El libro primigenio forma parte de la Colección Reservada del Museo del fin del mundo integrada por volúmenes a lo largo de quinientos años.

«Entre ellos, textos brillantes y otros de menor vuelo poético; tratados eruditos, descripciones meticulosas, recuerdos, confesiones, sueños y aventuras», apunta el fundador del museo, Oscar Zanola.

Algunos textos son: La crónica del viaje de Magallanes y el primer contacto entre un grupo de europeos y los aborígenes de la Patagonia; el relato de Sebald de Weert en la versión latina editada por Theodore de Bry; la aventura malvinense y el viaje alrededor del mundo de Bougainville.

Por su parte, Ricardo Bastida, investigador del Conicet de la Universidad Nacional de Mar del Plata, señala que realizar expediciones transoceánicas en esa época «constituía un extraordinario desafío por los grandes peligros que debían afrontar las naves y sus tripulaciones».

«Durante las mismas surgían situaciones extremas donde los hombres ponían a prueba su templanza y también manifestaban sus miserias humanas -subraya-. Un claro ejemplo de ello fue lo sucedido con los naúfragos de la Wager».

Naves como esta fragata solían jugar un rol secundario durante los combates navales importantes, eran destinadas a cumplir funciones de protección a convoyes comerciales, explorar áreas costeras o realizar relevamientos cartográficos.

La historia del artillero Bulkeley y el carpintero Cummnis, constituye uno de los muchos capítulos de la famosa expedición del comandante George Anson, que partió el 18 de septiembre de 1740 de ST Helens (Isla Wight, Gran Bretaña) con seis navíos, de los cuales uno solo regresó a su país luego de una travesía de cuatro años.

Después del cruce del Cabo de Hornos, la fragata Wager fue la más afectada ya que el estado del buque era malo, había una gran cantidad de enfermos y solo una docena de hombres estaban en condiciones de hacer frente a las adversidades de la zona austral. Esta situación hizo que la nave se estrellara cuando estaban en el Golfo de las Penas, y quedara destrozada, aprisionada entre dos peñascos. Un total de 140 integrantes de la tripulación pudieron llegar a tierra, pero solo sobrevivieron un centenar de ellos.

Con una lancha rescatada de la fragata se logró construir una embarcación de 15 metros de eslora, bautizada Speedwell «y sobre ella transcurrió la atrapante odisea» que se relata con un recorrido de 2.500 millas naúticas que comenzó con el intento de atravesar el estrecho por el lado del Pacífico.

«Nunca en mi vida, en ninguna parte del mundo, he visto un oleaje como el que hay aquí; esperamos que cada ola nos tragara y que el bote se hundiera. La costa está llena de islotes, rocas y rompientes; de modo que no podemos avanzar más hacia el sur por temor a hacer peligrar el barco; estamos obligados a mantenerlo por delante del mar», dicen sobre esa zona del estrecho de Magallanes.

En la crónica desfilan múltiples avances y desembarcos breves, con una tripulación desinteresada de su destino, sin importarle la vida o la posible muerte, ya que muchos quedaron en el camino. Las dificultades de la travesía pasaban a segundo plano lo que iban encontrando en las orillas: hombres y la flor y fauna del lugar.

«Al atardecer vimos dos indios echados de barriga sobre la cima de una roca empinada, justo por encima de la nave, espiando con las cabezas por encima de la colina», cuentan al pasar, pero siempre hay una distancia prudente entre ellos, aunque hacen algún trueque.

«Los indios que vimos en el Estrecho de Magallanes son gentes de estatura media y bien conformados; su cutis es de un color oliváceo atezado, su cabello muy negro pero no muy largo; tienen caras redondas y narices chicas, ojos pequeños y negros; sus dientes lisos y parejos y muy juntos y de una blancura incomparable», describen así a los Selknam de Tierra del Fuego.

Y continúan: «Son muy activos de cuerpo y corren con sorprendente agilidad; llevan en la cabeza gorros blancos emplumados; sus cuerpos están cubiertos de pieles de focas y guanaco; las mujeres, en cuanto nos vieron, huyeron al bosque, así que no puedo dar descripción de ellas».

También hablan de los guanacos, que observan en cantidad, o grandes mejillones, lapas y almejas en abundancia, un alimento indispensable en la casi hambruna que viven mientras se encuentran varados en ese traicionero estrecho, del que estiman tiene un largo «incluyendo tramos rectos y revueltas», de ciento dieciséis leguas».

«Es indudable que en este libro -afirman los autores- hay cosas que parecerán increíbles. Los que contamos de los indios patagónicos y de nuestras propias penurias por muy bien atestiguado que esté, no obtendrá crédito con facilidad; y la gente apenas creerá que sea posible para la naturaleza humana soportar las miserias que padecimos».

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