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noviembre 15, 2012
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SOBREVIVIR EN MINIDEPARTAMENTOS

De la Prensa Internacional. Colaboración de Marco Barticevic Sapunar. Un magallánico en África.

Lo de optimizar el espacio corresponde en verdad a una terminología propia de los tiempos de la abundancia, a una época en la que uno no sabía qué hacer con todo lo que tenía al alcance de la mano. Vivir en un departamento de escasas dimensiones no requiere tanto saber cómo aprovechar cada centímetro cuadrado sino cómo darse cuenta de los bienes materiales que uno realmente necesita para llevar adelante una vida cotidiana más o menos satisfactoria.
Nada de robots de cocina y sus imposibles promesas. Trastos fuera. Cacerolas, las justas. Liberados de lo que nunca se utiliza. Así se resume la filosofía que conlleva vivir en una vivienda de menos de treinta metros cuadrados o esta es la idea en la que coinciden los testimonios, cuyo punto en común son las dimensiones de su diminuta vivienda.
¿De veras a uno le hace falta semejante cantidad de ropa que nunca se pone? ¿Es necesario acumular libros y películas que uno sólo lee y mira una vez? ¿Acaso no hay una biblioteca a la vuelta de la esquina que presta novelas de manera gratuita? No hablamos únicamente de una satisfacción materialista. A fin de cuentas, el control del deseo, saber conformarse y frenar las espirales consumistas son algunas de las condiciones fundamentales para alcanzar la paz espiritual.
Cada vez son más los ciudadanos que viven en minidepartamentos, que se las apañan en treinta y poco metros cuadrados, y también en muchos menos. Antaño los departamentos pequeños se asociaban a una etapa muy concreta de la juventud, una corta época que concluía con la consolidación de la vida en pareja y la llegada del primer hijo. Pero en la actualidad, alrededor de la familia tradicional brotan cada vez más formas de vida bien distintas.
Los nuevos formatos de la música -la agonía de los CD-, los teléfonos móviles que guardan un millón de fotos y vídeos, las tabletas, e-books, las mesas plegables…, las mismas cosas en menos espacio mejor utilizado: un armario altillo disimulado, debajo de la cama… Bien pensado cada rincón, cabe un mundo, arguye uno de los testimonios de esta historia, sentado en una hamaca que pende entre el techo y los sillones de su casa.
Y como añade un diseñador de joyas que vive en el que fue el ático de la portera de un bloque de viviendas y que adora las cosas pequeñas: «Cuando vives en un departamento de menos de treinta metros cuadrados el taburete cobra una nueva dimensión, inesperadamente se transforma en un mueble de lo más versátil. Sirve para cenar viendo la tele, para recibir visitas, apoyar los pies mientras trabajas con el iPad…». Sí, el taburete arrastra años de injusto ninguneo.
Además, prosigue este vecino, una vez que empiezas a quitar trastos de en medio te das cuenta, intuyes, de que puedes vivir con aún menos cosas. «Yo no creo que este departamento llegue a los treinta metros cuadrados. No lo tengo muy claro. Pero creo que aún podría vivir en espacios aún más pequeños. En Japón lo hacen, incluso cuando tienen niños. Claro está que allí todo es carísimo y la gente acostumbra a dormir en el salón… Porque no tienen más remedio».
Ya sea uno ordenado o un verdadero desastre, sociable y amigo de los amigos de sus amigos o todo reservado, amante de los muebles de diseño o aficionado a salir de expedición los días que la Municipalidad permite a los vecinos dejar los enseres que ya no quieren frente a la puerta de su casa, el departamento pequeño es siempre la representación del reposo del guerrero, el íntimo refugio al final del día. La sensación de tener un espacio propio, dicen todos, compensa las estrecheces.
(Por Luis Benvenuty, publicado en lavanguardia.com)

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