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octubre 25, 2018
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UNA VIDA MARCADA POR LA ESPERANZA

P. Marcos Buvinic Martinic.

Como todos los años, a fines de octubre y comienzos de noviembre, los cementerios se llenan de personas que visitan las tumbas de familiares y amigos difuntos: ¡cuántos recuerdos agradecidos, cuánto respeto y cariño se hacen presentes, también cuánta pena por ausencias que duelen y, sobre todo, cuánta esperanza en la plenitud de vida de la resurrección presente en la oración y en las frescas flores sobre sus tumbas!

No es casualidad que los católicos celebremos en días sucesivos la fiesta de Todos los Santos -el 1° de noviembre- y la Conmemoración de los Difuntos -el 2 de noviembre-. En la primera veneramos con gratitud a los santos conocidos y los santos anónimos que han caminado por nuestras calles, que interceden por nosotros y con su ejemplo nos abren al horizonte de la vida, que es el gozoso encuentro con Dios. En la Conmemoración de los Difuntos recordamos con afecto y oración a los familiares y amigos que nos precedieron en la vida y la fe, y también a todos los difuntos cuya fe sólo Dios ha conocido.

Así, estos días nos ponen ante el sentido y la esperanza que brotan de la fe en el Señor Jesús: hemos sido creados para el encuentro pleno con Dios. En la fiesta de Todos los Santos hacemos memoria de quienes gozan la plenitud que comenzaron a vivir y transmitir con su estilo de vida en esta tierra; en la Conmemoración de los Difuntos proclamamos que esa plenitud es la meta de todos, por eso oramos por los difuntos encomendándolos al amor y misericordia del Padre.

En esta celebración tan propia de la fe y tan arraigada en nuestra cultura, no estamos ante un triste momento de la condición humana, sino ante la gozosa proclamación de que la muerte no es el final de nuestro camino; la muerte no es un paso hacia la nada y el vacío, sino hacia el encuentro pleno y definitivo con Dios. Esta fiesta de la vida, no es un piadoso consuelo ante la realidad de la muerte, sino que en ella se despliega la luminosa esperanza de la fe de los cristianos que no seguimos a un muerto, sino al Señor Jesús Resucitado, vencedor del pecado y la muerte, que nos invita a participar de su propia vida en el encuentro definitivo con Dios, fuente y plenitud de la vida.

Los santos son quienes han acogido el llamado a la plenitud en Dios aprendiendo a ser felices en el camino de las bienaventuranzas: la felicidad de quien tiene alma de pobre, de los mansos, de los constructores de paz, de los compasivos, de los que sufren por ser justos y buscar justicia, de los limpios de corazón. Una felicidad que nada ni nadie nos puede quitar, venciendo al enemigo de la felicidad: el pecado que nos echa a perder la vida y con el cual echamos a perder la vida a los demás.

Así, la memoria de los santos anuncia la plenitud a la que todos estamos llamados, y en la conmemoración agradecida y orante de nuestros difuntos los confiamos a la misericordia del Dios de la Vida para que participen plenamente en la vida de Jesús Resucitado. Se trata, pues, de una celebración que proclama que nuestra vida de cada día está llena de sentido y de esperanza de plenitud.

25 de octubre de 2018

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